Historietas de Mundial 38: la aventura de Cuba, el primer caribeño 

Las locas eliminatorias del tercer Mundial, el de Francia en 1938, fueron un rosario de ausencias. Varios países americanos, entre ellos Argentina y Uruguay, resolvieron bajarse y sólo quedaron Brasil y Cuba. La verdeamarilla iba con todo su potencial encabezada por su crack Leónidas a por el título, que estaría cerca de lograrlo. En cambio, los cubanos (cuyo fuerte no era ni es el fútbol) iban sin casi roce internacional a una verdadera aventura, siendo el primer país del Caribe en pisar suelo mundialista. 

Y sin embargo, la aventura fue más disfrutable de lo esperado. Aquel 5 de junio en el Stade Chapou de Toulouse, once valientes cubanos enfrentaban al fuerte Rumania, absoluto favorito en uno de los encuentros de esa violenta primera ronda a eliminación directa. Cuando Bindea abrió para los del este a los 35 minutos, parecía darse cierta lógica. Nada de eso: Socorro  igualó a los 44’ y Magriñá revirtió a favor de los de José Tapia a los 69. Y cuando estaba por consumarse la sorpresa y alegría caribeña, el gol de Baratki a los 88 envió el asunto a, como se estilaba entonces, tiempo suplementario. Socorro desniveló de nuevo a los 103, pero dos después Dobai fijó un 3-3 que, al no existir los tiros desde el punto penal, llevó a ambos a partido de desempate. 

Cuatro días después, el 9 en el mismo lugar, otra vez los rumanos empezaron arriba por Dobai a los 35 minutos. Pero apenas reiniciaron Cuba lo ganó, primero por Socorro a los 50’ y luego por Tomás Fernández a los 57, el gol que les dio el primer triunfo mundial 2 a 1 y alcanzar, en esa primera Copa, los mejores ocho del mundo. Esa tarde los once valientes fueron Ayra; Barquín, Chorens; Arias, José Rodríguez, Bergés; Magriñá, Tomás Fernández, Socorro, Tunas y Sosa.

Seguía el turno de los cuartos de final, y junto a grandes como el campeón  Italia, Francia, Hungría, el mismo Brasil o Checoslovaquia, estaba la humilde Cuba. El 12 de junio en el Stade Fort Carré de Antibes le esperaba otro potente europeo como Suecia, que se benefició de las duras circunstancias políticas al no jugar la fase inicial ante Austria, anexada recién a la Alemania nazi. Los cubanos no tenían al parecer una preparación física acorde a un torneo tan apretado y sufrieron el cansancio de 210 minutos de fútbol previos, y más aún la eficacia sueca, que los arrasó 8 a 0, no dejándoles siquiera el tanto del honor, ya que el arquero Abrahamsson le atajó un penal a Fernández,héroe de la victoria. Así y todo, los Leones del Caribe (como se los apoda) concluyeron con un halago, un empate que pudo ser otro éxito y una más que lógica derrota, con un decorosísimo séptimo puesto. Entre los pesos pesados de las grandes luces, un rayo de sol tibio de América Central iluminó en algo esa oscura Copa del Mundo de la preguerrra. 

Diego Martín Yamus 
diegoanita@hotmail.com.ar 

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