El Tanque Sisley: A tres décadas de un día memorable

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Foto: imago/Photosport Uruguay

Por Marcelinho Witteczeck

Corría el 3 de diciembre de 1990. Los nervios me carcomían. Parecía increíble. Cuatro años atrás jugábamos en la Primera C. Estábamos a una victoria de lograr el gran sueño de jugar por primera vez en la historia en Primera División.

Los angelitos me hacían imginar en 1991 con un Estadio Centenario esperando el ingreso del fusionado ante Nacional y Peñarol, que en esa época jugaban allí. Los demonios me decían que si perdíamos ante Sud América, todo caería por tierra.

El torneo regular fue arrasado por la máquina fusionada pero a alguien se le ocurrió crear una prolongación donde llegaban al reducido respetando la distancia en puntos obtenida. Por ende, había que jugar y no desfallecer porque los de atrás, sabiendo que era una oportunidad única, iban a dejar todo el cancha.

La directiva liderada por Daniel Barreiro había apostado en grande. El equipo dirigido por el «Tato» Ortíz estaba reforzado por dónde lo mires con jugadores cinco estrellas como el «Cabeza» Azzinari, Miguel Peirano y el «Loco» Jorge Palermo, entre otros tantos.

Apenas Basáñez y Colón se atrevieron a hacer fuerza ante ese Fusionado que buscaba escribir una nueva historia ante la experimentada IASA, que en sus filas tenía al «Beto» Romero, rebautizado cuando jugó en Peñarol como el «Lucho».

Pero, lo que sucedió aquella vez no tuvo nada que ver con fútbol. Ese 3 de diciembre el partido semifinal estuvo suspendido hasta unas horas antes del horario pactado que era las 9 de la noche, en el Estadio Centenario.

El levantamiento militar «Carapintada» en Argentina fue lo que produjo la suspensión temporal del cotejo. Una intentona de golpe de estado en el vecino país me llenaba de dolor y angustia porque revivía viejos fantasmas de tortura y muerte, además, me impedía de cumplir con un sueño que tres años atrás parecía imposible.

Comprendí que era lógico que el Uruguay de aquellos tiempo se solidarice con el pueblo argentino repudiando la posibilidad de un golpe de estado. Lo había aceptado sí, pero me retorcía de ansiedad pidiendo que esto se acabe pronto por el bien de los argentinos y por el placer de poder alentar a mi querido verdinegro.

La expectativa me carcomía. Eran ya las 18 horas cuando los medios de comunicación de Montevideo indicaban que se había levantado la medida por parte del gobierno uruguayo y que finalmente los espectáculos públicos podían llevarse a cabo; Argentina llegó a un acuerdo con los insurgentes.

Emprendí para el Centenario aunque faltasen horas. No éramos más de 40 los que seguíamos partido a partido al Fusionado durante la temporada. Todos nos conocíamos. En esa ocasión me sorprendí por la cantidad de público que fue a presenciar ese cotejo: Arriba de 30.000 aficionados.

Lógicamente que de esos 30 mil en las tribunas, 25 mil iban a mano de la «IASA», los 40 de siempre a favor nuestro querido El Tanque Sisley, mientras que el resto eran aficionados al fútbol y algún que otro oportunista o hincha del equipo de moda.

Fui al talud de la tribuna Amsterdam. Era apenas el único hincha del «Fusio». Por aquellos tiempos podías meterte en la tribuna con parciales rivales que no pasaba más que de una broma.

Sudamérica se puso arriba en el marcador. Lloraba por dentro. Un año de trabajo tirado por tierra -pensaba- y lamentaba ese invento del Torneo Reducido. Faltaba mucho igual.

De pronto tras una gran jugada el equipo fusionado equilibra el marcador. Ese punto nos servía sí, pero restaba aún un partido más donde debíamos ganar si o si para ascender. Qué sufrimiento.

El Tanque presionaba. Puso toda la carne en la parrilla. Los jugadores bregaron a brazo partido. El Flaco Ferández había sido el autor del equilibrio en el marcador. Había que jugar un partido más en caso de empate. Pero si había victoria todo terminaría ahí.

No estaba mal el 1-1, pero ¿para qué sufrir tanto? Cuando la IASA apuraba con el Beto Romero como carta desequilibrante, de la nada, el «Fasho» Fascioli sacó un zapatazo de 25 metros y la puso en un ángulo para decretar el 2-1, que sorprendió a propios y ajenos.

Ese gol tuvo un efecto moral en un equipo buzón que directamente se desarmó. El reloj corría. El Tanque esperaba atrás y salía de contra en busca del remate. Nada de atrincherarse atrás. Finalmente vino el pitazo final ¡campeones!

Tras el partido, el festejo. La polícía nos dejó entrar a los aficionados a dar la vuelta olímpica con los jugadores. Así fue. La Tribuna Olímpica estaba repleta de punta a punta de hinchas de Sud América. Eran unos 17.000 que comenzaron en silbatina, pero cuando pasamos frente a ellos cambiaron todo por aplausos, aún más cuando los jugadores de El Tanque le devolvieron el notable gesto.

Al bajar a los vestuarios estaban los típicos hinchas del equipo de moda. Los oportunistas de siempre.

Un flaco rubio, alto, era felicitado por sus amigos: «Si, la verdad que siempre fui de Peñarol, pero me hice de El Tanque y me enganché», decía. Sus amigos lo saludaban como si fuese un héroe, el hecho es que jamás lo había visto en ninguna cancha.

De pronto allí pasaba vestido de «civil» con sentiemientos encontrados Daniel Hernández, que había sido suspendido por una medicación mal recetada, acusado de dopaje, pese a que el médico se había hecho responsable de la supuesta mala praxis.

Éste supuesto hincha ni sabía quien era, yo sí. Lo reconocí y le grité: «¡Felicidades campeón!». Hernández me miró y me dio un abrazo, se sintió feliz de que lo haya reconocido. De pronto la multitud me preguntaba quién era y yo le respondí: «es uno de nuestros campeones que hoy no fue convocado. Malditas lesiones». Todos lo fueron a saludar y coreaban «campeón». Me borré de la escena feliz, satisfecho.

Mi alegría duró hasta la madrugada. Fuimos a festejar en la sede del Sisley, ubicada en la calle Miguelete, cerca de lo que hoy es la Terminal de Tres Cruces.

Un mes después El Tanque hizo pretemporada en el estadio de River Plate, el Parque Saroldi. Yo era adolescente, estaba de vacaciones. Me senté al lado de mi bicicleta detrás de un arco para mirar la práctica. Un futbolista me reconoció. No recuerdo si fue el propio Hernández o Gerardo Pilas. La cuestión es que me hicieron pasar al campo de juego para presenciar la práctica sentado en el céped. ¡Qué honor!.

@lostribuneros

Foto: imago/Photosport Uruguay

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