Ver el Charrúa y llorar…

Mi querido El Tanque Sisley oficiaba de local allí y los sábados que el «Fusionado» jugaba, no me lo perdía por nada.  Verlo con pintadas y algo descuidado me generó un impacto estremecedor.

Llevaba 25 años sin volver al Charrúa.  Si bien no soy nostálgico, cada tanto me vienen recuerdos divinos, de esos que merecen la pena compartir. Bajé del móvil y lloré como un niño.

He tenido oportunidades de viajar al país que me vio crecer, a mi amado uruguaycito, sin embargo, nunca se me había ocurrido, o más, bien, no me daban muchas ganas de ir al estadio Charrúa, ubicado en el hermoso Parque Rivera, situado al este de Montevideo, camino a Punta del Este.

Teníamos que hacer una sesión de fotos en la Costa de Oro. Dimos vueltas con uno de los móviles y, sin querer, por un error de nuestro compañero, salimos a la avenida Bolivia.  Pedí que se detenga, con cuidado y tomando las medidas de seguridad correspondientes, subimos a la entrada del parque, frente al Charrúa.

Bajamos del vehículo, tomé una de las cámaras y me paré frente al lugar que tanta felicidad me dio. Antes de comenzar a «disparar» lo contemplé lentamente. Toda la campaña de 1988 se vino a mi mente.

En dos minutos reviví todo un año. El salir «volando» de la escuela técnica los sábados, para comer y tomarme la línea 21 de Raincoop para ir al Charrúa a ver al cuadro de mi amor.

Éramos pobres. No había un mango en casa, sin embargo, pese a tener 16 años, me hacía pasar por un pibe de 14, para no pagar la entrada.  Mi cara de nene, por esos tiempos, era tal, que los porteros ni me pedían el documento, por lo que pasaba sin problemas.

Entraba al estadio, caminaba por las tribunas casi desiertas, luego del todo El Tanque no es era muy popular que digamos. Me sentaba en el muro que divide la cancha con la tribuna. Luego me sentaba con entre los veteranos hinchas. Recuerdo a los Codesal y a un señor llamado Nichele, un emblema bajo los tres palos, ya retirado.

Los jugadores, que ya me conocían, mientras calentaban en la cancha, cuando me sentaba en el muro de la tribuna popular, me saludaban. Luego, al terminar cada partido bajaba a los vestuarios.

Cierta vez, estaba tan feliz por el triunfo, que les pedí autógrafos a todos los jugadores. Ese papel lo guardé durante años como un tesoro

Uno de los jugadores, que por esas cosas de la vida, era vecino mío en el barrio Palermo, consultó con el entrenador Marcelo Barruti, si me podían alcanzar en la «bañadera» (micro) hasta la sede.  El temperamental entrenador accedió y comencé a irme con ellos.

Luego, me convertí en la cábala, debido a que cada vez que me llevaban, el equipo ganaba. Fue tal la racha, que El Tanque llegó a jugar el cuadrangular por el título, en lugar de pelear el descenso.

Hay cosas que son inolvidables, tanto buenas como malas. Recuerdo la vez que vencimos a Rentistas contra todos los pronósticos y la alegría que había en el vestuario. El día que Gaspar Velázquez, me hizo callar la boca, por una pavada que yo había dicho, la bronca que le tomé. Era un jugador guapo, aguerrido, pujante, pero se la creyó cuando un diario lo entrevistó y cuando los medios comenzaron a hablar de su posible pase a Nacional. No recuerdo haberlo visto jugar en Primera, y nunca supe si, al menos, se fue a jugar a un cuadro chico del exterior.

Luego, estaba el «Matute» Wilson Oliver, un puntero que era un avión, además de habilidoso. Era policía y se bajaba de la bañadera con el uniforme puesto, listo para entrar en servicio.  Años después confesó públicamente que por ser homosexual lo discriminaron y que no triunfó en el fútbol por su condición. Era un fenómeno.

Gabriel Pereyra el lateral que era un crack persona. Sergio Clavero que cantaba a los gritos y hacía reír a todos. Claudio Muñiz que corría como los dioses y se la servía al «Cabeza» Charquero que no paraba de meter goles. El «Loco» Jorge Palermo, un tremendo arquero y un flor de tipo. Luego estaba el «Beca», Sergio Beccaría, un tipo callado, pero muy buena gente.

El día que por casualidad, en 18 de Julio y Ejido un señor me pregunta -Botija ¿cómo hago para ir al Charrúa?- le conté que iba para allá y que esperaba el 21. El colectivo no venía más y el tiempo pasaba. Este hombre paró un taxi y me dijo -Subí m’hijo. Yo te invito-

Era el papá de Fernando Novo, jugador del equipo rival, el Villa Teresa. Ese hombre tenía un orgullo por su hijo que me llenó de alegría -Me pone contento don, ojalá juegue bien pero que no vaya a meter un gol- le dije entre sonrisas.

¡Qué recuerdos, mamita!. Toda esa película, en flashes vino a mi cabeza y no pude evitar ponerme a llorar.  Caí a la tierra ante la mirada silenciosa de mis compañeros. Nadie dijo nada. Me ofrecieron un mate amargo. Aunque usted no lo crea ¡tomé mate!.

El estadio Charrúa hoy en día es utilizado para partidos de rubgy. Está todo sucio en su entorno y hasta duerme un indigente allí, que bien alguna autoridad podría hacer algo por él.

Soy Marcelinho Witteczeck

@lostribuneros

 

 

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