LA FINAL MÁS INJUSTA DE LA HISTORIA

Transcurría el mes de diciembre de 1987 y los campeones de América y Europa se vieron las caras por la final de la Intercontienal en la ciudad de Tokyo. Peñarol de Uruguay y el Porto de Portugal jugaron un partido fuera de lo común (Foto: Campeondelsiglo.com).

Se acercaba el gran día de la promocionada final entre el campeón de la Copa Libertadores y el campeón de Copa de Campeones de la UEFA, en una ciudad de Tokyo gélida.

Faltaban horas para el comienzo del juego y una nevada tapó a la ciudad de Tokyo con su manto blanco, para colmo de males, luego de 35 años, y las autoridades futboleras niponas estaban entre la espada y la pared: suspender o jugar.

El Estadio Nacional de Tokyo estaba repleto, los aficionados japoneses que colmaron el escenario deportivo estaban bien abrigados y preparados para la justa, pero quien no estaba preparado era el equipo uruguayo.

Los dirigentes mirasoles pidieron la postergación del partido pero los intereses creados de la época les exigieron jugar si o si.

Por aquellos tiempos no existía la tecnología de hoy en día; estadios techados y calefacción debajo del terreno de juego, entre otros avances.

Porto se pasó jugando en la nieve, la tenía clara, además su arquero Mlinarczyk, nacido en Polonía, era un experto en este tipo de cosas, hizo de las suyas, como muritos y desniveles dentro de área, capaces de parar todo balón rastrero que se le cruce, entre ellos un gol cantado del «Pollo» Vidal, donde la pelota quedó detenida cerquita de la línea de gol.

Los jugadores de Peñarol, en las entrevistas previas, contaban que nunca en su vida habían visto nieve «en vivo y en directo» y no tenían ni idea de cómo pararse, ni siquiera como abrigarse.

Un hincha japonés, al ver que un jugador de Peñarol arrugaba sus manos, le regaló unos guantes que tenían amianto, que al frotar se calentaban por unos cuantos minutos. El player mirasol, le regaló un banderín como muestra de agradecimiento, y al ver esto, varios otros hinchas japoneses comenzaron a intercambiar guantes por banderines.

Los portugueses se las sabían todas, sabían que hacer con la nieve, con la temperatura, con la tormenta.

La pelota era verde flúo y hasta explotó de tanto frío cuando Domínguez la paró de pecho y se quedó con la cámara encima suyo.

No se veía nada, y encima de nevado, estaba toda la cancha embarrada.

Eduardo Pereyra tenía que quedarse saltando y corriendo en su área y le habían prohibido quedarse quieto porque podría congelarse, lo mismo debían hacer los zagueros peñarolenses.

El partido fue disputado y pese a todo el equipo aurinegro le puso toda la mejor onda, le puso corazón y lo empató cerca del final. Perdió de la manera más injusta, fue en el alargue, luego que el emblemático zaguero Obdulio Trasante, quien estaba el borde del congelamiento, soltó una pelota para atrás y ésta se detuvo, el experto jugador argenlino Madjer, quien lo tenía «medido» se interpuso y se mandó un golazo, tirándola por arriba del guardavallas oriental.

Porto ganó por 2-1 y sentó precedente: nunca más se jugaría en esas condiciones.

Ahora todo cambió, 25 años después, como dijimos antes, los estadios japoneses vienen con techo y calefacción debajo de la cancha. Ayer pudimos ver esto en el partido entre Sanfrecce Hiroshima y Al Ahly de Egipto.

El fútbol sudamericano tuvo muchas cosas que soportar por aquellos años y la necesidad económica hacía que los dirigentes tuvieran que agachar la cabeza y soportar cosas como ésta sucedida aquel 13 de diciembre.

@lostribuneros

 

Fijate en

¡Qué sofoco! Argentina lo tenía, se le escapó pero al final lo ganó por penales

Todo un país vibraba al ritmo de los goles de Nahuel Molina y de «Leo» …

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.