Lo de Luis Zubeldía no es solo una recuperación médica; es un pacto de sangre con un club que, en su ausencia, jugó como si estuviera defendiendo la herencia de un padre. El regreso del «Príncipe» al predio no fue un trámite de recursos humanos, fue una transfusión de mística en estado puro.
Dicen que nadie es indispensable, hasta que te falta el tipo que le da sentido al desorden. Al Fluminense se le paró el pulso el 10 de enero cuando se enteró que a su DT lo tenían que «abrir» para arreglarle las tuberías del corazón. Pero lo que pasó en esos 15 días de silencio fue la prueba de fuego de su liderazgo: el plantel no se hundió, se blindó.
Ganarle el clásico al Flamengo por 2-1 mientras el jefe está en una camilla no es casualidad; es el regalo de un grupo de jugadores que entendió que la mejor forma de cuidar el stent de Zubeldía era no darle disgustos en el marcador. Fue un triunfo con sabor a «quedate tranquilo, Luis, que acá no se mueve nadie».
Ver a los pibes de las inferiores, los famosos «garotos», colgados del cuello de Zubeldía apenas pisó el pasto, te explica por qué el Flu es distinto. No lo recibieron con un apretón de manos protocolar; lo recibieron como se recibe al que te enseña a caminar. En un fútbol de cartón y egos inflados, el tipo logró que lo quieran por lo que es, no solo por lo que gana.
Ahora el club dice que puede entrenar pero no dirigir en la cancha. Una formalidad necesaria para un tipo que vive los partidos con las pulsaciones a dos mil. Pero seamos sinceros: Zubeldía dirige hasta con la mirada. Estar ahí, de pie, con la cicatriz todavía fresca y la sonrisa de quien le ganó un mano a mano a la parca, es el mensaje más potente que puede recibir el Fluminense para lo que queda del año.
El corazón de Zubeldía ahora tiene un refuerzo de metal, pero el amor que le demostraron en el Carlos Castilho le puso un blindaje de oro. El «Príncipe» está de vuelta, y el que crea que por estar operado va a estar más tierno, es porque no conoce la madera de la que está hecho.

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