AFP PHOTO JOHN MACDOUGALL (Photo credit should read JOHN MACDOUGALL/AFP/Getty Images)

¿Qué se dicen los jugadores durante un partido?

Estábamos en Brasil haciendo notas durante el Mundial de Brasil con nuestros colaboradores brasileños, y durante un momento de distensión, con un «churrasco» y unas cervezas de por medio comenzamos a hablar de lo que pasa en la cancha, durante un partido ¿qué se dicen los jugadores?.

Los futbolistas manejan un código de silencio que es una regla de oro; dejar en la cancha todo lo que pasa ahí dentro es sagrado. Sin embargo, pocas veces trasciende qué pasa entre las líneas de cal, salvo que un buen micrófono y/o una cámara de televisión lo capten.

Ney, ex jugador del Paysandú de Belém, equipo norteño, estaba con nosotros y contaba sus experiencias durante los ’80, década por donde tuvo un fugaz paso, quien además del «Papâo», anduvo por varios clubes menores brasileños.

«En aquellos tiempos no había nada de eso de la tecnología ni casas raras», comentaba mientras se servía un trozo de churrasco -se trata de costilla asada a las brasas que luego se troza y se come con pan- prosiguió «te decías de todo con tu marcador. Te molías a patadas con él, y hasta te ligadas un puñetazo, o bien, se lo ligaba él, pero quedaba allí».

«Cierta vez, jugábamos contra el Flamengo, por Copa de Brasil. Yo atacaba. El ‘Mengo’ tenía un defensor que había jugado en Europa y en la selección brasileña. El Maracaná estaba lleno. Se me acercó y me dijo -Pibe, cuando termine el partido me lavás el auto y te tiro unos mangos. Te van a venir bien así comés luego de varios días. Dejalo limpito, es un BMW, bah, supongo que los viste en la tele-«. Contaba que lo atomizó así durante todo el partido y que aún así no se desmoralizó y le dio trabajo a su contrincante.

«Lo peor que era verdad lo que decía. Para llegar tuvimos casi que empujar el ómnibus que nos trasladaba al ‘Maraca’. Nadie cobraba y llegar a fin de mes era imposible», confesó Ney.

Contemplado al suelo con mirada reflexiva cerró «Terminó el partido, se acercó a mí, se sacó la camiseta y me la dio. Sabía que la estaba deseando. Extendió su mano y se la acepté. -¿Cómo hiciste para soportarme pibe?- preguntó entre sonrisas. -Sos nuevito por eso te chicaneé así. Ya me lo hicieron cuando estaba en los comienzos- Automáticamente lo abracé y nos fuimos así de la cancha».

«¿Quién nunca hizo una así, muchachos?», dijo Lê, uno de los jóvenes que estaban compartiendo el momento. «Yo jugaba de defensor; había un delantero, en las juveniles, que me pasaba la pelota por abajo de la camiseta, si te descuidabas. Comencé a tocarle el pelo. Le dije todo el partido que era gay y que me gustaría que me haga el amor en el vestuario. El pibe se puso como loco. Rojo estaba de bronca. Le tocaba el pelo, pasaba las manos por sus glúteos.  Se descontroló y ya no pudo jugar más. Nos pasamos a los codazos y manotazos. Su técnico le gritó que se calme o que lo sacaba. Terminó el partido. Creo que perdimos igual. Terminamos a las piñas. Se le pasó la bronca al rato, mucho después de terminado el partido. Nos cruzamos cuando nos íbamos, en la zona de vestuarios -me hiciste entrar  hijo de #@-«, relató entre entre sonrisas «nos saludamos como si nada hubiera pasado», remató.

Así suceden cosas. Los jugadores en el campo, por lo general, se cuentan «chusmeríos», como vale recordad lo sucedido entre Zidane y Materazzi, en Alemania 2006, por ejemplo.

En partidos internacionales, aprenden a insultar en tu idioma; saben algo de tu pasado; alguna metida de pata tuya; quien es tu novia…

Una vez, en Montevideo, estaba hablando con un ex jugador de Cerrito, que en verdad no jugaba en primera, sino en reserva, pero alternaba. Me contaba que estaban jugando un partido de práctica contra la primera del Montevideo Wanderers, por 1980; era lateral, se sumó al ataque y le tiró un cañito a un experimentado marcador bohemio; lleno de bronca, el ridiculizado defensor, lo enterró de cabeza y le dijo «¡no me dejés pegado pendejo de @#!. Esto fue una caricia» y que lo levantó del piso con dolor y todo, contaba riéndose. Cada vez que se iba al ataque, el adversario le hacía gestos como que lo iba a matar, por lo que no se sumó más.

«Pagá el derecho de piso, pendejo de tal por cual», contó que le decía el puntero al cual tenía que marcar. «El fútbol es así. Hay que aprender los códigos», sentenció.

Cierto periodista partidario había averiguado que un zaguero de un club rival de segunda división tenía una escultural novia que trabajaba en una estación de servicios despachando combustibles. De tanto ir trabó determinada simpatía con la espectacular joven, pero con cordialidad, sin pasar nada. Este fue recabando datos, cada vez que iba por el establecimiento y elaboró una mentira con el atacante que debía ser marcado por el novio de la chica. -¿Estás seguro vos?- dijo el futbolista de su equipo -me va a matar-.

Llegó el día del clásico, efectivamente, casi lo mató. En verdad, el zaguero se marchó expulsado jurando que lo iba a romper todo cuando acabe el partido. Gracias a la ausencia del defensor; ganaron.

@lostribuneros

 

 

Nos hizo reír un colega, quien averiguó que un recio defensor tenía una novia despampanante que trabajaba en una estación de servicios, despachando combustible. Éste, hincha del equipo rival, le contó al jugador dónde trabajaba la novia de quien lo iba a marcar. Llegó el clásico y éste terminó haciéndole sacar la roja…

Así es el fútbol.

Marcelinho

@lostribuneros

 

 

 

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