La vieja camiseta verdinegra, raída y desteñida por el tiempo, cuelga solitaria en la vitrina empolvada de un rincón del estadio. Un hilo rebelde se escapa de una costura, como una lágrima oxidada, mientras el sol de la tarde apenas alcanza a iluminar el escudo. El polvo espeso sobre el vidrio es el mismo que cubre los recuerdos de un pasado que, para muchos, ya está enterrado.
Desde 2018, la respiración del «Tanque» es un jadeo tenue, un suspiro que apenas se escucha en los pasillos de la AUF. Deudas que superan los 770 mil dólares solo con jugadores –aunque el monto total es un misterio digno de expediente X– lo tienen en una inactividad profesional que raya la «desaparición». Aquel ascenso a Primera en 2009, la gesta de 1990, e incluso la aventura copera de 2013 frente a Colo-Colo, hoy son apenas fotos amarillentas de un álbum que se cae a pedazos.
El club, que supo ser un digno animador del fútbol uruguayo, se desangró lentamente por una hemorragia financiera imparable. Aquel descenso automático de 2017-2018, no por la pelota, sino por la billetera vacía, fue la estocada final. Hoy, la gloria se resume en torneos juveniles, donde los pibes de las formativas son la única sangre nueva que corre por sus venas, mientras el primer equipo es un espejismo en la mente de los pocos y leales hinchas.
La Mutual Uruguaya de Futbolistas Profesionales (MUFP) sigue recibiendo reclamos. El Fondo FIFA, con un gesto de caridad que roza el lamento, destinó unos miserables 172 mil dólares para 43 exjugadores. Una gota en el océano de una deuda que en 2019 superó los dos millones, con un millón a Danubio por Joaquín Ardaiz y el resto, a los muchachos que transpiraron la camiseta.
Pero la pasión es un bicho raro. A pesar de los números rojos, de la ausencia en la primera plana, del olvido mediático de ESPN o El País, «El fusionado» se aferra a la vida. Socios que reconstruyen, ilusiones que se renuevan en cada patada de un pibe en la cancha auxiliar. El objetivo, hoy, es volver a Primera Amateur. Un objetivo modesto para un gigante dormido.
¿El regreso pleno a Primera? Un sueño húmedo, una quimera que necesitaría un inversor con más ganas que sentido común. Mientras tanto, el «verdinegro» sigue ahí, como un viejo lobo de mar encallado, esperando la marea alta que quizá nunca llegue. Y nosotros, los que amamos el fútbol con sus miserias y sus grandezas, no podemos evitar mirar esa camiseta, esa lágrima oxidada, y sentir que fuimos testigos de la crónica de una muerte anunciada… y de una resurrección que, para fortuna de los románticos, aún se niega a escribir su epitafio final.
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