Desde 1981 y a las trompadas que no juegan la final

Por aquellos tiempos no existía el «Fair Play» y pasaba de todo en la cancha. Jugadores que mordían las orejas a sus rivales, que introducían sus dedos en partes pudorosas, les bajaban los pantalones y otras yerbas más que poco a poco se fueron erradicando del fútbol.

En 1981 los brasileños de Flamengo y los chilenos de Cobreloa se vieron las caras en Montevideo por la tercera final de la Copa Libertadores (2-1 Fla en Río y 1-0 el «Loa» en Santiago). Mucha pica hubo, demasiada tensión y unos chilenos que sabían que la única manera de parar al esplendoroso Zico y compañía era jugando sucio.

Era el mes de noviembre y el Centenario con 30 mil aficionados que se acercaron a ver la finalísima, mientras que Peñarol al mismo tiempo jugaba un amistoso en Rocha ante Peñarol de esa localidad, el más popular de Brasil se las veía con el bebé de la Copa, ya que el Cobreloa había sido fundado apenas cuatro años antes.

Esta vez, los cariocas no se iban a dejar atropellar, por lo que mandaron al campo de juego a un pibe de 18 años llamado Anselmo para que reemplace a Nunes.

El juvenil cumplió con el protocolo del cambio, pero duró apenas diez segundos en la cancha porque partió corriendo hacia un futbolista trasandino que pegaba a troche y moche y lo noqueó de un golpe de puño.

Mario Soto, capitán loino, reaccionó entre otros, ya que se armó una hecatombe que duró unos tres minutos pero donde los muchachos soltaron adrenalina; se fue también expulsado y el naranja acabó con ocho hombres en la cancha.

Antes de la expulsión los «Zorros del Desierto» habían perdido en el minuto 23 a Armando Alarcón y a los 35 a Eduardo Jiménez; cayeron 2-0 y el Fla levantó su primer trofeo.

@lostribuneros

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